Facon Chico - Oximoron Falico

Un blog sobre cuchillos y traumas adyacentes

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jueves, 15 de enero de 2015

Facones

El cuchillo, la daga o el facón, era una prenda preciosa para el paisano. No vamos a escribir sobre él a través de la historia, pero sí recordaremos algunas etapas de su historia en nuestra tierra.

por Roberto L. Elissalde



Tenía diez años cuando leí el Fausto de Estanislao del Campo, que narra la visión de aquel paisano en el viejo Teatro Colón ubicado en el solar donde hoy se levanta el Banco de la Nación. Más que la visión de Lucifer por el gaucho, me impresionó la multitud para entrar al recinto, y que, camino al Paraíso, el pobre paisano dijera: “el cuchillo de la cintura me lo habían refalao”.

Mario López Osornio, en su magnífica obra Esgrima criolla trae a referencia una carta de don Domingo Martínez de Irala, que llegó al Río de la Plata en 1536 con don Pedro de Mendoza y fue después gobernador de la Asunción. En 1556 le manifestaba al Rey que, a su arribo a Buenos Aires, era un pobre estudiante sin oficio alguno, e hizo anzuelos, peines, ya que la barba eran tan poblada que se peinaba y “después cuchillos amolados y encabados al modo de los que traen de Flandes, he hecho dagas, que han sido necesarias”.

Afirma Assunçao que, sin cuchillo, es tan difícil imaginar a un gaucho como sin su caballo. Le servía para cortar y. de tenedor para comer, mondadientes, elemento para matar un animal, instrumento para cuerear, útil para toda su artesanía (tientos, trenzas, repujado, etc.); herramienta para todas las tareas, cortar rama para leña, hacer palos, estacas o cortar alambradas, para lo que algunos tenían una muesca en el lomo. Para ahuecar el porongo o calabaza del mate, para picar el tabaco, armar el cigarro y también como arma defensiva.

Sarmiento en su Facundo afirma que “El cuchillo, además de un arma, es un instrumento que le sirve para todas las ocupaciones; no se puede vivir sin él; es como la trompa del elefante, su brazo, su mano, su dedo, su todo”.

Muchas veces el cuchillo atado a la punta de una caña tacuara sirvió como lanza para los paisanos, como a los que se batieron en las luchas por la independencia en Tucumán o en Salta con Belgrano, o resguardando la frontera del norte con Güemes. Los cuchillos más comunes eran llamados de “marca mayor” de dimensiones medianas entre 25 y 35 cm a 40 cm de hoja; con su marca bien visible en su cara izquierda.

Aparecen éstos a menudo en los expedientes que tratan de los duelos  en distintas circunstancias, y fueron numerosos los bandos que dictó el Cabildo de Buenos Aires prohibiendo que se los comercializara con los indios, ordenando que se les quiebren las puntas igual que a los puñales. En agosto de 1759 se condenó a cuatro años de destierro a Jacinto Rodríguez por portación de armas, y en 1763 por el mismo motivo el gobernador don Pedro de Cevallos ordenó el castigo a un indio.

Pero no todo fue prohibir; en 1788 el virrey marqués de Loreto comunicó la Real Orden por la que se permitían embarcar sin objeciones las hojas de espadas, espadines y cuchillos fabricadas en España.
Los viajeros a los que ya nos referimos en el artículo sobre el poncho, vuelven a ofrecernos distintos testimonios sobre el tema que tratamos en esta nota. Emeric Essex Vidal que anduvo por nuestra ciudad y Montevideo en 1818, hacía esta referencia: “Todos ellos (los gauchos) están armados con largos cuchillos que llevan en vainas en la faja o metidos en la bota, los cuales salen a relucir a la más mínima provocación”.

Para evitar los enfrentamientos con cuchillo, la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires dio a conocer una ley en noviembre de 1821, por la que prohibía cargar armas blancas en la ciudad, suburbios y pueblos de la campaña; quedaban exceptuados los carniceros, pescadores, verduleros y cualquier otra persona cuyo oficio lo hiciera necesario. A quien se lo encontrara con un cuchillo, además de perderlo, se lo destinaba a trabajos públicos por un mes, en caso de sacarlo para una pelea, por un año y de herir, aunque en forma leve, a dos años.

El mismo Juan Manuel de Rosas prohibió su uso los días domingos y festivos, ya que en los boliches, por los efectos de la mala bebida, en las cuadreras, o en cualquier lugar el paisano podía “disgraciarse” como se decía.

El francés Alcides D’Orbigny quedó impresionado del trabajo que nuestros paisanos hacían con los cueros, al descarnarlos, depilarlos, suavizarlos y trenzarlos, artesanía que realizaban con una única herramienta: su cuchillo.

Existían varios tipos de estas armas blancas:

Facón: Era una daga de más de 30 cm de hoja, con filo completo y contrafilo, poco cómodo para sacar y para el uso doméstico. La habilidad del paisano lo hacía manejar tomándolo del filo, era usado como arma o para faenas rurales; el cabo era de asta o guampa, de bronce, y los de lujo, de plata, con gavilán a veces recto y otra veces en forma de S. La vaina, de suela o cuero crudo y a veces con punteras, o pasadores de plata. Para su confección se utilizaban preferentemente las hojas de espadas toledanas.

Caronero: Era un facón de grandes dimensiones de hasta 80 cm de hoja, por su tamaño era imposible llevarlo a la cintura, por lo que el paisano lo llevaba en forma horizontal sobre las caronas del recado, de ahí su nombre. La hoja se hacía con un sable o bayoneta.

Verijero: Era un cuchillito de hoja pequeña que suplía al facón, para menesteres menores como castrar, picar tabaco, etc. Era un lujo y se llevaba adelante con el mango hacia el flanco derecho, pasando por la delantera del tirador junto a la rastra. Muchas veces su mango de plata era un lujo para el paisano. Actualmente se ven muchos con muy buenos trabajos de trenzado en su cabo.

Charles Darwin que recorrió estas tierras, habla de la obsequiosidad del paisano, pero jamás debía elogiarse el cuchillo porque, aunque lo hiciera un amigo, , la creencia afirmaba que se iba a cortar la amistad.

A veces una payada terminaba con un duelo criollo y el cuchillo era el arma usada, como lo señala Hernández en el Martín Fierro.

Los cuchillos de menor tamaño usados por el compadrito, el gaucho suburbano,  siguieron brillando en la ciudad.

Y en el final, como al comienzo, unos versos criollos.

De Jorge Luis Borges, en Milonga de Jacinto Chiclana: Algo se dijo también / de una esquina y de un cuchillo / los años nos dejan ver / el entrevero y el brillo / No veo los rasgos. Veo, / bajo el farol amarillo / el choque de hombres o sombras / y esa víbora el cuchillo.


http://viniciusargentina.com.ar/joyeria/facones-111



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